Todos llegamos un poco nerviosos al colegio: nos íbamos a la Sierra de Madrid. Los días que hay excursión nuestra voz sube un tono, saltamos, nos empujamos, queremos salir de clase como si fuéramos animales en jaulas. Los baños colapsados: todas las chicas vamos a mirarnos al espejo, a ver lo monas que vamos con el chándal y a retocarnos el peinado de la jornada.
Corremos para coger la última fila de asientos en el autobús: lo más preciado en las excursiones, alejados de la mirada de nuestros profesores. Una vez dentro, lo más normal es oír los cánticos de las últimas filas que llaman a la revolución del autobús, pero una cosa que debéis admitir, profesores, es que también se os escapa alguna carcajada con nuestras tonterías de adolescentes. El trayecto se hace lento y cansado, y nuestro repertorio de canciones se acaba. La bajada del autobús nos vuelve hiperactivos.
Estamos tan histéricos que, todos los años, nos parece ir al mismo sitio que el curso anterior: nos engañan cambiando el nombre del lugar, lo único que ha variado es nuestra altura. No obstante, hemos cogido cariño a aquel lugar…
Comienza la caminata. Los profesores se colocan en la cabecera y en la cola del grupo. Es un día en el que no asistimos a clase, un día en el que no sufrimos las Matemáticas, la Física, la Química, la Historia, el Latín, el Inglés…; pero aprendemos otras cosas, como la amistad, el compañerismo, el respeto… Cosas esenciales en esta vida, ya que, sin todo eso, no podremos llegar a ser unas personas plenamente felices.
Como los jóvenes de nuestra generación somos un poco flojos, al acabar la caminata estamos totalmente agotados. Nos reparten los bocadillos y buscamos el sitio más cercano para devorarlos. Es en este rato libre donde mejor nos lo pasamos, porque tenemos nuestro momento para explorar, para jugar con los amigos de clase, de llevar nuestro “pavo” hasta sus últimas consecuencias.
Me gustaría dar las gracias a todos los profesores porque en estos días siempre nos lo pasamos genial. Hacen que nos conozcamos mucho más y, de alguna manera, que nos entren ganas de seguir aquí en el CEU, porque sabemos que gente así es difícil de encontrar. Pienso, de todo corazón, que nosotros los alumnos y vosotros los profesores, somos los que hacemos que este colegio sea diferente.
Ana Ponce González – 1º B Bachillerato