La educación emocional debe ser algo transversal, que penetre en todas las instancias de una institución educativa. Sin embargo, también merece un “espacio reconocido”. Así lo defiende la maestra, psicopedagoga y doctora en Ciencias de la Educación Èlia López Cassà, que es favorable a que la educación emocional tenga una asignatura propia y obligatoria curricularmente.

Según explica en su participación en las conversaciones digitales de Education Talks que organiza la Universidad Abat Oliba CEU, una asignatura específica ayudaría a desarrollar las herramientas para la adquisición de competencias como la “conciencia, la regulación o la autonomía”. “A partir de esta adquisición, lo interesante sería trasladarlas luego a la cultura del centro, ya que la verdadera educación emocional parte de uno mismo y de la transferencia a la vida real”, ha añadido.

“Educar las emociones es educar para la vida”

López Cassà, que ha fundamentado esta propuesta en las conclusiones de un estudio sobre la influencia de las emociones en los docentes ante la covid, realizado por la Universitat de Barcelona, aprecia en nuestro sistema educativo un déficit en la atención a las emociones. Si bien en la primera infancia sí se dedican esfuerzos al acompañamiento emocional, “a medida que pasamos de etapa se va perdiendo esta atención más singular”. En este sentido, ha llamado a tomar conciencia de cómo “nuestra historia educativa ha reprimido este aspecto”.

La escuela ha de proporcionar “espacios de escucha, comunicación, empatía y comunicación”. Pero esta psicopedagoga extiende esta disposición de apertura a la emoción a la sociedad en pleno: “Las emociones tienen que tener un lugar en nuestra sociedad, y ahora mismo hay emociones que se reprimen”.

Durante el diálogo con la directora de estudios de los grados en Educación de la CEU UAO, Marisa Vázquez, López Cassà ha enumerado alguno de los beneficios de una educación que ayude a la persona a reconocer sus emociones para así poder regularlas y gestionarlas: salud física y mental, mejora de la autoestima y ampliación del campo de acción social y personal. “Una emoción es una oportunidad para conocerse más” y, por tanto, también de conocer a los demás, ha reflexionado. En el plano laboral, la educación conecta con competencias muy valoradas, como son “la toma de decisiones, el trabajo en equipo, la empatía, la comunicación o el liderazgo”.

Concienciación, espacios de conversación, autoexploración de los sentimientos o técnicas de respiración son algunas de las prácticas que López Cassà ha enumerado. En este sentido, también se ha referido “a la práctica de la gratitud”, un hábito que favorecerá que la experiencia de la emoción positiva “esté mucho más presente”.