Hace ya cuatro años, el capellán del colegio nos animó a mí y a algunos amigos a apuntarnos a una peregrinación con el colegio al castillo de San Francisco Javier, y, no sin dudarlo mucho, nos atrevimos a ir. Por aquel entonces no tenía ni idea de por qué hacía aquello, pero ahora lo sé: el Señor me llevó. Y Él mismo es el que me sigue llevando desde entonces a miles de peregrinaciones y convivencias sin perderme ni una sola si es posible. Pero, a pesar de tener un largo historial de peregrinaciones, la peregrinación de este año a Guadalupe ha sido realmente el comienzo. Ya no volveré a vivir una peregrinación como lo hacía antes. Y es que, este año, no he ido sólo de peregrina; este año no he ido tanto a ser servida, como a servir. Porque este año, a algunos de los alumnos de 2º de Bachillerato que tras ese largo camino de convivencias y peregrinaciones hemos crecido mucho en nuestra fe y en nuestra amistad con Cristo, nos ha tocado ser catequista de aquellos que ahora empiezan el recorrido.
La verdad es que al principio, Guadalupe pintaba bastante mal. A dos semanas, sólo había tres valientes apuntados. Aún no sabemos bien qué es lo que ha pasado exactamente, un auténtico milagro, pero después de mucho rezar, y a una semana de partir rumbo a Guadalupe, contabilizamos 50 alumnos apuntados. ¡Un autobús entero! Nunca había pasado algo así. Y, a una semana de la peregrinación, ¿de dónde sacamos catequistas para 50 chicos? Ya sabíamos que algo especial nos deparaba a los de 2º de Bachillerato este año, pero jamás imaginamos algo tan grande. Y con la idea de ir a enseñar, me voy habiendo aprendido mucho más de los chicos de lo que probablemente ellos hayan podido aprender de mí; y con el miedo de no saber si sería capaz, me voy con la certeza de que, con el Señor, todo se puede.
Así que el viernes 30 de septiembre, a las seis de la tarde, estábamos cargando un autobús entero con maletas de alumnos del CEU. Y comienza la aventura. Tres horas de viaje que pasaron como si hubiesen sido cinco minutos, y de una forma sencilla y divertida nos conocimos un poco más entre nosotros
Nos adentramos en la primera catequesis. Es cierto que reunirse por grupos en un autobús no es tarea fácil, pero también es cierto que los chicos hicieron que las charlas fueran facilísimas. Superados los miedos y las inseguridades del principio, nos abrimos unos a otros para hablar de nuestra experiencia de fe personal, meditando las palabras del Santo Padre a los jóvenes en la pasada Jornada Mundial de la Juventud.
Al llegar, descargamos, nos alojamos, y ¡a cenar! La diócesis de Getafe se encargó de prepararnos una divertida velada para acompañar la cena en la que todo tenía cabida: bailamos, cantamos, jugamos, nos reímos, rezamos…, y todo como hermanos.
A la mañana siguiente comenzaba la auténtica aventura, y después de desayunar y rezar laudes, comenzamos a caminar bajo el lema “llévame contigo” (Ct. 1, 4). Es cierto, el camino fue largo, algo más de 20 km., pero es innegable que disfrutamos al máximo. A cada paso, una sonrisa; a cada metro, una canción. No paramos de cantar y reír, reír y cantar, eso sí, dejando siempre tiempo para conocernos entre nosotros y convivir, pero, sobre todo, para conocer al Señor. Durante la marcha también tuvimos tiempo para rezar el Rosario todos juntos: una experiencia única. Más de 300 jóvenes repartidos en 11 autobuses rezando a la Virgen al mismo tiempo, ¡tuvo que escucharnos sí o sí!
Y tras mucho caminar y es cierto que también mucho cansancio, pero sobre todo, mucha alegría, llegamos al alojamiento de esa noche: los chicos a un colegio y las chicas a un polideportivo. Y tras una agradecida ducha, eso sí, algo fría, todos los jóvenes tuvimos Misa. Después de Misa y antes de cenar, volvimos a reunirnos por grupos para tener nuestra segunda y última catequesis de la peregrinación. Otra vez meditamos sobre las palabras del Papa, y, sintiéndonos como una familia, nos contamos unos a otros la importancia de la Iglesia en nuestras vidas. ¡Es increíble lo mucho que se aprende de los demás, incluso cuando crees que el que va a enseñarles eres tú!
Ahora tocaba cenar, juntos, en familia, donde nada era de nadie, todo era de todos. Poco importaba si te habías olvidado de coger la cena, comida no te iba a faltar. Y amor tampoco faltó en ningún momento. ¡Eso es Iglesia! Tampoco faltó la velada preparada por la organización esa noche, así como tampoco faltaron las risas en ella; pero aquella noche nos esperaba algo especial, más bien Alguien. Poco a poco fuimos pasando a la iglesia del pueblecito en el que nos alojábamos, y mientras los monitores recordábamos a los chicos que guardaran silencio y saludaran al Santísimo, ellos iban pasando y colocándose por donde podían de rodillas. Y así tuvimos la suerte de pasar una hora adorando al Señor en la Eucaristía. Debo admitir que soy de lágrima fácil, pero realmente me emocionó ver a los chicos arrodillados, rezando al Señor, pidiéndole cada uno lo que necesitaba, pero haciéndole partícipe de sus vidas. Se me caía la baba. No quiero ni imaginar cómo estaría Él, lo feliz que se debía sentir.
Es cierto que es muy difícil descansar en un polideportivo durmiendo con otras 150 chicas, muchas hablando, muchas riendo y algunas roncando, pero a pesar de todo, a la mañana siguiente no faltaba energía. Repetimos el procedimiento del día anterior: desayunar, rezar y ¡a caminar! Llegamos a la basílica de Guadalupe, donde, antes de comer, tuvimos Misa presididos por el obispo de Getafe, don Joaquín. Después de encomendarnos a la Virgen y ofrecerle nuestro cansancio y, sobre todo, nuestras vidas, nos fuimos a comer, en familia otra vez.
Antes de que saliera el autobús de vuelta a Madrid, los chicos tuvieron un rato libre para comprar recuerdos o, simplemente, pasear por el pueblo. Mientras, los monitores nos reunimos para contarnos qué tal la experiencia. Todos coincidimos en que era muy difícil expresar con palabras lo que habíamos vivido, así que decidimos calificarlo, sencillamente, de increíble. Todos habíamos vivido el Amor de Cristo en primera persona, todos habíamos sentido a la Iglesia joven y viva, todos nos habíamos sentido arropados por María, nuestra Madre, y todos coincidíamos en que habíamos recibido mucho más de lo que habíamos dado.
El viaje de vuelta a casa pasó incluso más rápido que el de ida. Si en algo coincidimos todos es en que nos lo pasamos realmente bien, y a la mayoría, le sirvió también para acercarse más al Señor, ¡no podía ser de otra forma! Está claro, en mi caso, que ya he vivido muchas peregrinaciones, pero ninguna así: ahora las voy a vivir en actitud de servicio, pero sé que siempre me voy a llevar mucho más de lo que dé. Porque así es el Señor, tú le das uno, y Él te da mil.
Alejandra San Segundo García